Orfandad entreabierta a la segura
Nieve de un exilio, era su risa.Candor exhausto y desprendido
Del crepúsculo, su piel en fuga.
II
Ayer abría de a uno los cielos
Aunque escondida
Del sol y sus almas.
III
Prisa de invierno: las hojas
Van entregándose mudas
Al viento que las encima
Tan ocres como lejanas
Sobre un infierno de huellas.
IV
Ni el arco
De los lamentos
Se adivina al temblor esperado
De los párpados sin dueño,
Habla la tristeza.
V
Vencía la fe en el color y en algo
Perdido para la sed de la tierra.
VI
Se seguía a sí misma y se llevaba
Hacia la espuma casual del precipicio.
Y así la oían.
VII
Fue la rama negra la que dijo adiós.
Su voz herida, a un lado y ciega
Se repetía
Alrededor de nuestras manos
Amarrándolas al cabo de las horas.
VIII
El puerto brilló gravemente
Contra las aguas espléndidas.
IX
Ni basta con haberla perseguido
Por una estela de pasos
A la deriva.
Ni graba su luz ese relámpago
Sobre las solas arenas.
X
Uncir el alma a la penumbra –cristal inmenso.
Cubrir el fuego con las manos –altar de grietas.
Reunir el eco y la cerrada lejanía
Del susurro –umbral y rumbo,
Inocencia y espanto.
XI
En eso
La distancia llega
A comprender el cielo y sus alas.
XII
Otra, la que quieta al instante servía
De pie en las alturas.
XIII
Ella, detrás de ella, callaba.
Despertándose hundía sus pies en su sombra
A la espera del viento.
XIV
En el espejo fue otra vez la misma.
Los añicos la unían, ensangrentados.
XV
Mañana.
Rumor a ninfa, mitad.
Ortigas o jade en la madera habitada.
La flor enfrentaba al cuerpo dorado
Como si fuera secreto. Como un destino.
XVI
Estancia muda del relámpago, la palabra
XVI
Estancia muda del relámpago, la palabra
Se repliega atraída por el eco
De otras épocas.
XVII
XVII
¿Y si la piel extrañase,
Más bien que el agua, los signos
Abiertos de su memoria,
Retornaría?
¿A qué jardín hoy encenderle sus flores?
Más bien que el agua, los signos
Abiertos de su memoria,
Retornaría?
¿A qué jardín hoy encenderle sus flores?
XVIII
La noche es la misma, casualmente.
Las estatuas exigen el rigor de la búsqueda
Y la cruel lozanía.
Detrás de la ausencia no hay más que costa,
Restos cegados, un sol oculto.
La oscuridad es un grito.
XIX
Mueca de acero, de horror esquivo
De adiós solar a la fe -distancia
Que al enredarse en el llanto descubre
La estela tenaz y al sur de un relámpago.
XX
A la orilla de una barca,
Las aguas se cerraban ebrias
Sobre el rostro perdido que reía
Con la sed de los últimos cielos
Apenas agotada.
XXI
Algo -quebrándose en el ruego
Que no hay hombres aún que sepultasen-
Trajo madera, desde el pesado
Cubil de los secretos, sin encenderla
Más que entre claros hundidos
En las mejillas.
XXII
Carne en horror y en adiós y enervada.
Olimpo de miserias, ceniza
Que la luz ha escondido del Año
Y sus estaciones, que vuelven a arrimarse
Como una vez el tiempo les dictó.
Así, desprendiéndose.
XXIII
Misión helada de las flores:
El rezo tenue y el pánico.
Así, desprendiéndose.
XXIII
Misión helada de las flores:
El rezo tenue y el pánico.
XXIV
No habrá una mañana que crezca,
Hasta mí, desde la hierba muda.
Más cierto que el nombre y su silencio
Puede ser el frío que abraza a los árboles.
XXV
Duerme, en el eclipse dorado del muro,
Su rostro final -que la esperanza ha dejado vivo.
La fuente conoce perpetua la tarde de Dios,
Las ciegas espinas, el lento naufragio.
Lo hace desarmándose los ojos, abandonándolos
A la solemne claridad de nuevo.
Le falta la luz en las entrañas.
Es una y esclava su mano vencida.
XXVI
La costa
Caía abruptamente y sin pausa
Desde un cielo solo doblado por el éxtasis.
XXVII
La hurgaba, tan herida
Como cualquier gaviota. La daba
Por perdida hasta la noche -jaula de los vientos
O cáliz de su ira. Le hablaba arena y naufragio
Con lengua desnuda, como su piel al amparo
De su boca sin grietas. Subía hasta el hombre mojada
Por la negrura infiel de la propia cabellera. Acechaba
Además otras huellas en la espuma;
Sembraba las horas, se hundía de apuro.
(Y una vez más el sol, la breve bitácora, la prisa hecha médano...)
XXVIII
Otra luz es el principio de la noche,
La que solo despierta a los astros
Encegueciéndolos.
Al desplomarse burla la nostalgia
De la turba naciente de ecos en el olvido.
XXIX
Urge extender ese ruego, como una rama viva hacia el relámpago.
Afuera queda la insomne lentitud de la agonía,
Del azar y la intemperie, del pulso exacto.
Una serpiente piadosa aleja la muerte en sus colmillos:
Es el amanecer, es lo que extraña la Ausente.
XXX
A merced de la roca, se disculpa de su sed ante los hombres
Escondidos en el antro -desplegándose inmensos
En sus tumbas calientes, al abrigo de las fieras y las trémulas cruces.
XXXI
Negra fue la pendiente de la risa
Y la grieta anterior a la risa y a sus alas.
XXXII
Desde su boca
Hasta la tierra dulce
Brotó un único nombre:
Una súplica de voces sembradas
De parco rubor y vasto silencio.
XXXIII
Innumerable, el mismo Océano
Se desconoce en la espuma cruel
De la caída. La nave es un espejo
Que se pliega hasta la próxima lluvia;
Y lo que nace, entonces, se va hundiendo
Mientras la piedra devora a la cascada.
XXXIV
El sopor ahora
Cruje débilmente,
Casi conformándose
Con el desborde del cielo.
XXXV
El árbol aprendió la lengua tardía del eco.
Cobijó la intemperie en su follaje perdido.
Trepó por su corteza hasta alejar el susurro
Del bosque. Elevó vanamente sus sombras posibles.
XXXVI
Fosa al crepúsculo y cauce
De súbitas horas
El ansia ha vuelto.
Mar adentro no hay pliegues,
Solo el oro nublado
De la distancia.
XXXVII
Y va la diosa llegando
De todos sus cielos
A la memoria.
XXXVIII
Nacerá nuevamente de su cuerpo
La breve flor consagrada a la bruma.
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